Arequipa
AREQUIPA (*)
Por: Pablo Nicoli
Desde que tengo uso de razón, la historia de Arequipa, junto a sus leyendas y tradiciones provocaron en mi un fuerte apego y una viva curiosidad por contemplar o contrastar, por mí mismo, todo aquello de lo que me hablaban mis padres y abuelos y también por develar lo que ellos no sabían o no me habían contado. Con los años y las experiencias de muchacho, la arquitectura de la ciudad terminó de enamorarme aún más de esta tierra, sus habitantes y su historia y recorrí plazas y calles, iglesias y monasterios y me imbuí en el pasado imaginado de los conquistadores recién llegados y afanados en la labor de construir una nueva y castilla que luego la gente empezaría a llamar Ciudad Blanca.
Recuerdo que cada domingo era costumbre el asistir a la misa de 5 de la tarde en la Catedral, junto a mis hermanos y mis padres y como no, junto a la talla del demonio alado que es aplastado por el púlpito y la fe evangélica y que tanto me fascinaba y sigue haciéndolo, además de ser inspiración para escribir algunos de mis cuentos más aplaudidos.
Muchas de las experiencias sabatinas y domingueras de aquellos años me sirvieron luego para formar, en la mente de escritor, los primeros esbozos de lo que luego sería un tipo de literatura característica en mi oficio narrativo, plagada de lugares misteriosos, con tumbas centenarias y yelmos coloniales con cráneos en su interior, subterráneos olvidados y galerías apretadas e infinitas, fantasmas del pasado y brujas pueblerinas además de toda una constelación de personajes que aún viven dentro de las historias inventadas y que reviven cada día en la lectura de los jóvenes, promesas del futuro.
Arequipa ha sido siempre mi musa inspiradora, la de mis abuelos, mis padres y hoy la mía y la de mis hijos. Es verdad que los años han modernizado mucho esta ciudad y alejado un poco el romanticismo primigenio que uno aún puede sentir cuando visita lugares capturados o suspendidos en el tiempo como la calle San Pedro, el Puente Bolognesi, los tambos tradicionales y monasterios como el de Santa Rosa y Santa Catalina, o iglesias monumentales como la de la Compañía.
Confieso que me hubiera gustado seguir la carrera de historia; pero pudo más en mí la ficción de los cuentos y la literatura fantástica, y luego el periodismo, que me han hecho construir una ciudad ideal, mescla de antaño y moderno, pero siempre conservadora de esa magia particular que nos habla de duendes en los cementerios, de vampiros de monasterio, de espectros y fantasmas que recorren calles y casonas, de ciudades subterráneas y tumbas perdidas bajo las iglesias del centro histórico, de tapados y tesoros enterrados en las faldas de las montañas y de otras entidades infernales que pueblan los rincones más oscuros y también nuestras pesadillas. Pero si para bien o para mal, no me decidí por seguir una carrera ligada a la historia, dentro de mi otra labor, la de periodista y editor de revistas culturales, he podido dedicar una parte de mis esfuerzos a investigar aquellos vacíos históricos del que los libros poco dicen; y entonces me he preguntado y he cuestionado a los que más conocen: ¿dónde está enterrado el fundador de Arequipa, Garcí Manuel de Carbajal? ¿Qué si es posible que el soldado dieciochesco que todos conocen como el Tuturutu haya representado originalmente no a un soldado, sino a un arcángel que perdió las alas? O ¿qué se sabe del antiguo cementerio de Miraflores y si es verdad que hoy existen casas, mercados y centros deportivos construidos sobre tumbas bicentenarias y féretros olvidados? ¿Si el nombre del río Chili es tan antiguo que le dio nombre al país del sur, el propio Chile? ¿Si los restos de Mariano Melgar fueron realmente los que inauguraron y fueron depositados en el cementerio de la Apacheta o fueron los de un desconocido? Vacíos históricos que he tratado de responder en medio centenar de artículos periodísticos.
Por otro lado las leyendas arequipeñas, muchas veces importadas, igualmente me han seducido tanto como la historia y si bien son especies distintas, me animó a afirmar que también lo son complementarias; pues es difícil imaginar un pueblo que descuidando o, aún peor, olvidando parte de su folclore, con lo que respecta a los mitos, las leyendas y las tradiciones, pueda mantener una identidad tan especial como la del arequipeño y su ciudad. No en vano he dedicado unos 10 años de mi vida a la investigación de este condimento de la historia, y la he reflejado en cerca de 8 libros que han avivado el amor por la identidad que nos viene de boca de los abuelos y aún más allá en el tiempo.
Como no emocionarse ante la imagen y leyenda de Arequipa en letra inmortal de grandes hombres como José Luis Bustamante y Rivero cuando nos decía en su poema Ciudad que fue:
“Esas casas viejas de las calles solas,
Esas casas viejas y destartaladas,
En que la carcoma de los años idos,
Desunió las tejas y horadó los nidos,
Esas agrietadas casas españolas,
De churriguerescas y rancias portadas,
Con el monograma del Señor Jesús;
Tres letras en relieve y una cruz…
O aquella otra parte que dice:
“La calleja que nadie transita,
la farola que nunca se enciende,
el tortuoso arrabal donde habita,
buena gente que, crédula atiende,
el relato fisgón de un granuja,
que le cuenta la historia de un duende,
o el diabólico andar de una bruja;
los conventos de frailes austeros,
con leyendas de sangre, y martirios,
y ánimas que cruzan los claustros severos,
a la pálida luz de los cirios...”
(*) Introducción del discurso de apertura del evento ESDIT, sobre historia de Arequipa, realizado en el salón de personajes ilustres del museo Municipal de Arequipa, diciembre 2010.



